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24 horas en Viena con Ahmed

Aunque hace menos de un año que vive aquí, en la capital de Austria, Ahmed ha decidido escaquearse hoy de su ensayo de las seis para poder ser nuestro guía y mostrarnos su ciudad. Así, saltamos del tranvía al metro, del metro al autobús y caminamos al trote por avenidas y luego por callejas y plazas visitando los lugares más emblemáticos de Viena.

Corremos sin suerte para ver un carrillón que suena en dos minutos, brincamos por encima de un perro diminuto que está siendo fotografiado para un spot frente a un lujoso hotel, paseamos sobre las catatumbas cristianas de la catedral, pero no subimos a la torre porque hoy hay que pagar entrada por sofocarse trepando por sus escaleras. Evitamos la muchedumbre de turistas, driblamos entre japoneses e italianos, olemos el Danubio de refilón para después esprintar al lado de un edificio de Zaha Hadid. Pasamos por una heladería famosa, visitamos la zona judía, saludamos a una estatua de Gutenberg y cruzamos sin interés por un lugar donde Hitler soltaba sus discursos. Un poco más allá, una gitana nos da una flor en la plaza María Teresa y por fin vemos, como nos explica Ahmed, "la casa del rey": el impresionante palacio imperial de Hofburg. Sí, aquí dormía Sisí, la emperatriz, y allá se arreglaba los bigotes el káiser Francisco José.


Pero donde más nos detenemos y somos generosos con el tiempo en este tour turístico express en todos los teatros, óperas y galerías de arte que hay en la ciudad. A Ahmed no se le escapa ni uno. Incluso visitamos un curioso baño musicalizado que se esconde en la parada de metro junto a la gran ópera de Viena. Mear con la marcha Radetzky o el vals del Danubio Azul por unos céntimos de euro. Esta es la Viena preferida de Ahmed.


Y es que la primera vez que Ahmed vio esta ciudad, sus calles y sus teatros, cambió por completo sus planes y decidió quedarse a vivir aquí. Así de simple. La idea de Ahmed era vivir en Suecia. O eso me contó la primera vez que nos conocimos. Fue hace un año. Fue septiembre de 2015 en el viejo apeadero de la estación de trenes entre Idomeni y Gevgelija, cuando aquello estaba atestado de gente, cientos de personas que esperaban a que se abriese la verja y el alambre de espino que separa ese paso fronterizo entre Grecia y la Ex República Yugoslava de Macedonia. 

Allí estaban Ahmed y su amigo Mohanad. Estaban de buen humor y me preguntaron curiosos por mi cámara de fotos. Ahmed me contó que tenía una parecida, una CANON 5D, pero que la había tenido que vender y empeñar para poder emprender su viaje.


Ahmed es un joven actor de Bagdad de 23 años, un tipo risueño, y su amigo Mohanad es director de cine. Ambos habían terminado sus estudios en la Academia de Artes de Bagdad y habían decidido huir de la violencia en Irak, en un viaje clandestino, como refugiados. Hacía apenas unos meses atrás, Ahmed se había llevado una buena paliza de la policía en una manifestación que reclamaba el teatro en la calle y otras libertades. Nos enseñó las fotos. También una pulsera del carnaval de Bagdad que había sido hace unas semanas atrás y el lema del festival que rezaba irónicamente "Baghdad, city of Peace" ("Bagdad, ciudad de la paz"). Una paradoja en un país que arrastra años de guerra fratricida, violencia indiscriminada, atentados a diario y la amenaza del Estado Islámico. Todo eso que hace que la vida precisamente en paz sea insostenible en Irak. Ahmed perdió a su hermano de un bombazo, su madre vive con su hermana pequeña en la ciudad de Faluya, mientras que su padre trabaja como militar para el gobierno. Ahmed harto de la violencia, decidió escapar: poner sus ahorros en manos de las mafias y cruzar el mediterráneo en una de esas barcazas hinchables arriesgando su vida.


En un momento, hablando sobre porqué se marchó de su casa. Ahmed agarra mi teléfono y comienza a escribir. A veces, como la mezcla de inglés y árabe no nos es muy útil para expresar ideas profundas, Ahmed y yo usamos Google traslator para comunicarnos.


"Yo odio la violencia y las armas, todo aquel que empuña un arma es un estúpido", escribe Ahmed. Con severidad y contundencia, prosigue. Y como por arte de magia las letras van dando forma a pensamientos más elaborados en la pantalla del smartphone. "Y por desgracia, los estúpidos y las armas no pueden hacer leyes ni gobernar un país", añade. Es ya de noche y vamos hacia la ópera. "Tienes razón".


Ahora Ahmed vive en Viena, decidió interrumpir su camino a Suecia y quedarse aquí al ver la cantidad de teatros, arte y espectáculos que había en la ciudad. "Como actor, esto es un lujo. Es un lugar maravilloso", nos dice. 

Recibe 40 euros al mes como ayuda subsidiaria, con eso obviamente es imposible sobrevivir de forma digna en esta ciudad. Mientras espera conseguir papeles o reconocimiento como refugiados, comparte piso con otros jóvenes iraquís y un músico iraní que huyó de su país. Ahmed mata en tiempo colaborando en obras de teatro y diferentes performances, mientras aprende alemán y se ha apuntado a la escuela de escenografía como estudiante en la universidad. Ha interpretado ya varias obras de teatro en Viena, encarnando la piel de un joven gay y en otro a un musulmán. Para septiembre prepara un estreno nuevo y también una pequeña exposición de arte en la que mostrará como fue su viaje hasta Europa.


A veces uno tiene corazonadas. La esperanza de encontrarse con una misma persona en otro lugar. En otra situación mejor. Más amable. No siempre se cumple. Esta vez, sí. Ahmed es la única persona que conocía en Viena y a la que desde el inicio de este viaje me apetecía telefonear para ver cómo le iba. Y fue un placer y un gusto que fuese nuestro guía durante esas 24 horas. Además nos acompañó un tramo de nuestra etapa en bicicleta y nos volvimos a encontrar en Graz. Nos volveremos a ver. Una vez más.

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