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Las Palmas: de huertos, solares y mujeres de la tierra

La megafonía del aeropuerto avisa el embarque del vuelo. Las tres personas de la expedición nos acomodamos en el avión, con una pequeña mochila, que nos llevará de la Europa continental a la Europa insular, con destino a Las Palmas de Gran Canarias, punto de partida de nuestra expedición.

Allí nos espera Bea, que participa en dos iniciativas hermanas en el barrio de Arenales: un distrito humilde de la ciudad en el que sus primeros habitantes ahora conviven con mujeres y familias dedicadas a la prostitución.


La mañana del sábado comienza en el huerto autogestionado de La Chimenea, al que se accede desde el patio del colegio público Aguadulce. Marta nos guía hasta el interior del patio de manzana, donde se erige la antigua chimenea de ladrillo, que da nombre al lugar. Todo guarda un sano equilibrio en La Chimenea; la tierra y el agua son propiedad municipal, la gestión abierta y el fruto de lo cultivado comunitario.



La mañana continúa en el patio del Centro Cívico Suárez Naranjo, donde la vecindad, el personal técnico y las personas usuarias han activado un solar contiguo como espacio donde continuar con la actividad del centro. Descubrimos la esencia de la iniciativa bautizada #SoyArenales al preguntarles por el origen de la misma: "el proyecto nace de la necesidad del Centro y de sus usuarios de abrirse al barrio de Arenales" dice Octavio. Gente abierta y generosa la canaria.


La expedición viaja al sur de la isla, con ganas de empaparse sobre los orígenes de este pueblo. Queremos conocer cómo era la vida de sus habitantes cuando la tierra (y no el turismo) era la única fuente de subsistencia. En el pueblo de El Tablero conocemos a las mujeres tomateras y campesinas, hijas de una generación de madres y abuelas dedicadas al cultivo del tomate y a la producción del Gofio, una variedad de harina de maíz. Ellas nos explican el papel de las mujeres en la Gran Canaria rural y por qué consideran importante mantener vivas las tradiciones locales.


El día termina con sabor a alquequenjes, papas arrugadas y mojo picón, y con los pies cansados de recorrer la isla.
La próxima será en la península y a lomos de una bicicleta. 

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