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Los vecinos y vecinas de abajo

La mujer de la fotografía es María José. En la imagen sonríe a sus compañeras del taller de costura mientras cruza las agujas entre los dedos. Usa gafas desde la facultad, donde estudió Derecho, lo que junto con su interés por la vivienda la llevó hasta la Casa del Pumarejo. Desde 2002 visita casi a diario esta casa de vecinos y vecinas. Ella empezó colaborando en la asesoría jurídica de la Casa, donde prestaba servicio a las inquilinas a cambio de largas conversaciones en el patio. Fueron estos intercambios vecinales los que la arraigaron al lugar. De los papeles de la asesoría, saltó a la biblioteca de la Casa, y de ahí, sin dejar de lado esta última, al taller de costura.

Felisa, compañera de costura de María José, llegó a Sevilla con 18 años. Corrían los años 60 y la ciudad estaba inmersa en pleno desarrollismo. Su primera vivienda fue una pequeña casa a dos manzanas del Pumarejo. Allí dio a luz y crió a varios de sus hijos, hasta que en 1974 el ayuntamiento la derribó tras declararla en estado de ruina. Entonces Felisa y su familia se mudaron a una de las viviendas en renta de la Casa del Pumarejo, un palacio del siglo XVIII reconvertido en casa de vecinos y vecinas. Allí en un primero interior, es donde reside desde entonces.


En el año 2000 la propiedad, movida por intereses inmobiliarios, intentó expulsar a las inquilinas, las cuales negándose, se constituyeron en la Plataforma por la Casa del Pumarejo. Dieciséis años después la Casa sigue viva. En sus viviendas viven todavía tres vecinas y en sus locales a pie de calle conviven más de veinte proyectos, desde mercadillos culturales a monedas sociales, convirtiéndola en referente cultural del centro histórico de Sevilla. La iniciativa ha conseguido revitalizar el barrio y dar respuesta a las inquietudes culturales del vecindario. Viviendo en primera planta y conviviendo en planta baja, han logrado que el ayuntamiento ceda a las asociaciones varios de los espacios del antiguo palacio, lo que consideran un pequeño paso hacia la rehabilitación del edificio.


Durante treinta años Felisa ha convivido con un bar, una farmacia, un taller y una tienda de muebles. Hoy lo hace con María José y una veintena de proyectos culturales. Curiosos sus vecinos y vecinas de abajo.

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