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Retrato de una juventud creativa y desconsolada

Nikola, Alexandar y Vladimir pilotan y arreglan drones; Melanie diseña joyas, pero vende panes; Daniel trabaja en un call-center reclamando deudas a gente que no paga sus facturas, aunque es ingeniero informático; Adelina y su amiga hablan más de ocho idiomas y dejaron su trabajo para ayudar a los refugiados en Hungría, Grecia y otras fronteras europeas; Ivona, Darija, Ana y Jovana son líderes, freelance y creadoras, pero siguen enfrentándose al techo de cristal y la desigualdad en sus puestos de trabajo; Simon es doctor en ciencias políticas y promueve iniciativas en su barrio, la mayoría de sus amigos y amigas están en el paro.

Por toda Europa se dibuja un mapa de la generación de jóvenes mejor preparadas de la Historia del continente: educados en la universidad, viajados, abiertos de mente, creativos y que son políglotas; pero que tanto en Serbia, Hungría, Italia o Francia sufren las consecuencias de la crisis. Una sociedad envejecida que no les deja abrirse paso, la falta de oportunidades para establecerse, salarios que no les permiten alejarse de la casa de sus padres y madres, la imposibilidad de hacer planes de futuro con sus parejas y en especial unas tasas de desempleo juvenil desorbitadas. Es un panorama común para una juventud europea, que sin embargo, es la que debería liderar el futuro del continente.


En un jardín de Bela Cvrka, el primer pueblo de Serbia que se abre cerca de la frontera con Rumanía, un zumbido agita el cielo. Son drones en pruebas. Allí están trabajando en un pequeño sótano Nikola, Alexandar y Vladimir; en la que dicen, es una de las principales empresas serbias de filmación aérea y componente para drones. Son ingenieros, programadores y unos tipos que trabajan a destajo horas y horas, aunque a simple vista no dejan de ser tres muchachos jugando con maquinitas en un sótano.


No muy lejos de allí, nos encontramos a Simon Simonovic, un joven de Belgrado que trabaja en una empresa que transporta avituallamiento y bicis para turistas. Nos lo encontramos a mitad de camino, llevando a un grupo de ciclistas. Simon ha estudiado Ciencias Políticas y su novia un doctorado en Artes. Ambos han pasado gran parte de sus años de estudiantes y juventud desempleados. Serbia es uno de los estados europeos con mayor desempleo juvenil, la tasa de jóvenes sin trabajo ronda el 50% (entre el 54% en 2014 y un 44% en 2016), la mayoría de ellos altamente cualificados como Simon y su novia. Más del 80% de los jóvenes han terminado sus estudios de secundaria y han accedido a una educación universitaria. El país, después de numerosas guerras de los Balcanes, el desmembramiento de Yugoslavia y el derrocamiento del déspota presidente Milosevic, vive una auténtica fuga de cerebros.

Ivona Hrelja, Darija Medić, Jovana Dordevic y Ana Suešić, también serbias, son cuatro jóvenes mujeres líderes en sus ámbitos. Ivona, de 29 años, comenzó a estudiar periodismo, pero se pasó al diseño y la programación; ahora trabaja como freelance creando software y aplicaciones. Ana, de 30, maneja varias cuentas de ventas en una multinacional serbia y habla varios idiomas, entre ellos el italiano y el español. Darija, de 26 años, es artista audiovisual e investigadora de arqueología digital. En sus trabajos, mezcla filología y arte, las dos carreras que estudió. Aquí su portfolio. Y Jovana es socia y directora de operaciones de la Fundación FRIDA, una iniciativa sin ánimo de lucro que financia y fortalece la participación y el liderazgo de grupos de jóvenes feministas en todo el mundo, especialmente en América Latina y Oriente Medio. Sin embargo, las cuatro denuncian también esa fuga de cerebros y la desigualdad de género en los salarios y en la percepción de las responsabilidades en los trabajos.


También nos encontramos historias similares en Francia, en Italia y en Hungría. Donde Lidia, Sofía y Krisfot terminan sus estudios de diseño de moda y arte, pero atienden la barra de un bar autogestionado. O Adelina, en Budapest, que habla húngaro, inglés, italiano, español y que el año pasado abandonó su empleo en un hostal para poder dedicar más tiempo a ayudar a los refugiados que llegaban a la estación de tren de la capital de Hungría, para después trasladarse a la frontera con Eslovenia y Austria.

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